top of page
Buscar

En Otoño soltamos hojas: auto exigencia en la maternidad

Tengo que admitir que el otoño nunca fue mi estación favorita. Soy mujer de primavera, hada guerrera de la expansión, montada sobre un unicornio de alegría y entusiasmo. Por lo menos es así que me visualizo.

Pero alguien me dijo que el otoño es temporada de soltar (hojas, pesos, expectativas...), y hace un par de años que cuando llega el 21 de septiembre aprovecho para mirar adentro y en lo que me quiero llevar para el año que viene y lo que quiero dejar atrás.


Hadas de otoño en lana afieltrada

Y así, con niños ya mayores de 5, he soltado:


La idea de la maternidad perfecta: esa imagen de pensamiento mágico que te hace ser incoherente, jalada entre la mujer que soy y la madre que quiero ser para mis hijos, y que al final probablemente acabó creando un apego inseguro con mi duende mayor.

Ahora acepto mis limitaciones, mis erupciones hormonales (siempre más presentes gracias a la pre menopausia), mis arranques de genio y mis pozos de tristeza.

Las cuido, estas zonas de sombra que hacen que mi luz brille más fuerte, las expreso, les doy su sitio, las canalizo y enfoco este fuego interior hacía mis artes.

¿Que me siento triste? Me hago un té matcha y leo o afieltro sin rumbo.

¿Que me siento llena de fuego? Me voy a entrenar que una clase de Kung Fu da voz y aplaca esta energía que me sale en respuesta a la injusticia y a la miseria en el mundo.


Hada de lana afieltrada

También he soltado control, esta cosa engañosa que nos da seguridad a la vez que crea situaciones conflictivas cuando quieres convivir apaciblemente con tu entorno.

El control sobre mi vida, pero sobre todo en esta etapa de la crianza, el control sobre lo que comen y lo que ven mis hijos. He relativizado mi aversión por el azúcar y la televisión, busco puntos intermedios y no pretendo que las abuelas cuiden de mis duendes cómo lo haría yo (aunque de vez en cuanto doy una masterclass sobre un tema u otro).



Y para acabar estoy soltando expectativas sobre mi misma. Hace un par de años me di cuenta que mi duende mayor tenía un nivel de auto exigencia extremadamente elevado. Acababa de entrar en primaria y, viniendo de un bosque escuela, tuvo que aprender a escribir, de golpe, con 6 años. Otro compañeros que venían de un sistema algo más tradicional ya sabían escribir y eso hizo que mi duende sintiera presión para alcanzar los demás. Y lo hizo, en menos de 2 meses.

Siendo hijo mío, y compartiendo genética, entendí perfectamente que lo que quería él era ¡conseguirlo ya! y perfectamente por favor.

Ahí me di cuenta que tenía que trabajar algo en mi, soltar mi perfeccionismo para sanar mi niña interior y no ponerlo en la mochila de mi hijo. Porque por mucho que elegimos escuelas de pedagogía libre, por mucho que le decía a mi duende que era maravilloso y le quería tal cómo era, él me veía. Me veía frustrarme con el estado de la casa, me veía luchar por mantener el orden casi militar en nuestras rutinas. Y las acciones pesan, pesan más. Así que he soltado (dentro de lo que he podido), he aligerado mi mochila y de paso la suya (espero). He reído con los dibujos animados, hasta he preparado palomitas, les he llevado a comer helado (o por lo menos no me he enfadado cuando las abuelas lo hacían) y he jugado con ellos en el caos relativo de nuestro hogar.

Hada de lana afieltrada

Hay una expresión que tenemos en el Líbano que dice: estamos todos colgados en los hilos del viento. Me


gustaría tomar la libertad de tunearla para las hojas que soltamos y que nos permiten andar más ligeras: estamos todas bailando sobre los hilos del viento, pequeñas equilibrista buscando su centro en el río de emociones que es la maternidad.


Es un camino, nunca se llega, siempre se avanza. Cada otoño suelto unas hojas coloridas y piso fuerte hacía adelante.


¿Y tu? ¿Cómo vives el otoño? ¿Qué hojas sueltas?

Déjamelo en comentarios y disfruta de los paseos bajos los árboles coloridos.

1 visualización0 comentarios

Comments


bottom of page